domingo, 24 de marzo de 2013

Es ley de vida

Me he levantado este domingo con la noticia de la muerte de uno de los peatones que el día antes, coincidiendo con la celebración de la Feria de Ramos que tradicionalmente se celebra en la Rambla de Catalunya de Barcelona, se encontraba en el cruce de la calle Aragón y que fue embestido por un taxi. A raíz del accidente resultó herido crítico, junto con otros seis transeúntes, que también resultaron heridos, alguno en estado muy crítico.

El hombre muerto tenía 88 años y, por lo tanto, era mucho mayor que el resto de ciudadanos afectados, de entre 30 y 60 años. “Al fin y al cabo, aunque se trata de una desgracia, ha fallecido el más anciano, que, con la edad que tenía, hubiera podido morir de una enfermedad, porque superaba la esperanza de vida de muchos de sus coetáneos”, me he dicho, inicialmente.

A estas alturas, cuando fallece alguien de edad avanzada, aunque no sea por causas naturales, acostumbramos a pensar, pese a todo, morir a los 88 años de edad, es algo normal.

Pero ¿nos paramos a pensar en los sentimientos de tristeza y en el duelo de los familiares y amigos? Seguro que en muchos casos relativizamos el dolor de los hijos, de los nietos y del resto de parientes, puesto que vivir la muerte de un padre, de una madre o de un abuelo es algo que nos depara la vida.

El proceso de duelo, aquella etapa en la que nos toca superar la pérdida de un ser querido, es algo personal y muy íntimo. No hay un duelo exactamente igual que otro y el nivel de dolor de los más allegados no va acorde con el hecho de que el fallecido tenga más o menos edad.

Está claro que perder a un hijo o a los padres durante la infancia o la juventud es algo irreparable, que a muchos les marca para siempre, pero perder a los padres o a los abuelos es, al fin y al cabo, una pérdida que también puede causar heridas a superar. Aunque sea ley de vida.

lunes, 18 de marzo de 2013

La estafa del envejecimiento activo


Jubilarse, cobrar la mitad de la pensión y poder seguir trabajando superados los 65 años de edad. Ésta es una de las supuestas ventajas del reciente decreto que Gobierno español ha aprobado para garantizar la sostenibilidad de las pensiones y promover el envejecimiento activo. A estas alturas, todos los ciudadanos conocemos de sobras las estrecheces económicas de las arcas del Estado y sobre todo qué se esconde detrás de las tijeras de los recortes. Y pueden etiquetar todo ello con la palabra sostenibilidad, austeridad o eficiencia, pero hacerlo con el supuesto fin de promover un envejecimiento activo me parece de lo más soez.

Hablar de envejecimiento es hablar de la apertura de una nueva etapa de vida, vinculada, la mayoría de veces, al abandono de la actividad laboral o profesional. Y hablar de envejecimiento activo es hacerlo de una manera de vivir y convivir con la vejez, en el que se puede descubrir, por ejemplo, nuevas oportunidades para descubrir vocaciones ocultas, aficiones que habían quedado escondidas en la vida de una persona.

La escritora Rosa Regàs, en su libro ‘La hora de la verdad’, asegura que “todos sabemos que para llevar a cabo cualquier empresa intelectual, artística o emocional que se nos ocurra disponemos de un instrumento mágico: el cerebro. Este sofisticado ingenio que perdura inalterable con el tiempo”. Y mientras el cerebro siga funcionando habrá memoria, experiencia y posibilidades para el verdadero envejecimiento activo.

Suponemos que una persona llega al momento de la jubilación después de más de 45 años trabajando como bombero, albañil, enfermera asistencial o maestro. Seguir trabajando con la misma intensidad o similares cargas físicas y emocionales, en estos casos, parece casi imposible.

Si hay que alargar la vida laboral de una persona, nunca como una obligación, sino como una opción personal para quienes elijan seguir disfrutando de su profesión, las empresas deberían pensar en ello. Ofrecer tareas o puestos pensados para las personas mayores puede ser una buena oportunidad para la propia empresa, pero también para aquellos que se incorporan al mercado laboral.

¿Hemos pensado en todo aquello que los más veteranos pueden aportar para garantizar el relevo generacional? ¿Con su experiencia y motivación no podrían, por ejemplo, tutelar o acompañar a los trabajadores más jóvenes que se incorporan al mundo laboral? Sinceramente, creo que muy pocos han pensado en ello.

Desgraciadamente, la mayoría de empresas y organizaciones están muy lejos de dar este paso. Y hasta que no se cumplan las mínimas condiciones para que la persona jubilada que libremente y sin presiones lo decida así, pueda prolongar su etapa profesional, aprobar un decreto que vincule sostenibilidad con envejecimiento activo seguirá siendo simplemente una estafa.    

domingo, 24 de febrero de 2013

Rompiendo el tabú del suicidio

Hace pocos meses conocí a Cecilia Borràs. Fue a través del Hospital de Sant Pau que coincidí con esta mujer de Barcelona, de aspecto aparentemente frágil pero de carácter fuerte, para hablar, junto con dos enfermeras, de la asociación que acababa de crear con el fin de dar voz y romper el tabú de una de las muertes más silenciadas y dolorosas que existen.

Cecília Borràs es la madre de Miquel, un joven con una vida aparentemente normal, estudiante de diseño, grafitero, sociable, rodeado de amigos y con una relación estable, pero que a los 19 años de edad, decidió quitarse la vida arrojándose al metro. Su nombre pasó a engrosar la lista de muertes por suicidio, que actualmente ya es la primera causa de defunción externa entre los jóvenes en nuestro país.

Cada año en España se producen 3.500 suicidios, aunque se calcula que en realidad se producen el doble de muertes de este tipo. Es la primera causa de muerte entre los jóvenes de entre 30 y 44 años y ya supera la cifra de accidentes de tráfico. Los suicidios tienen una prevalencia de entre 7 y 8 casos por cada 100.000 habitantes y por cada suicidio consumado se producen una treintena de intentos.

Si la muerte es un tabú, la muerte por suicidio es doblemente tabú. Nadie habla de ello y, en la mayoría de ocasiones, el suicidio genera cuchicheo y morbo. La entidad Después del Suicidio-Asociación de Supervivientes pretende generar un espacio de encuentro para las familias víctimas del suicidio, con el objetivo de compartir experiencias, ofrecer apoyo y acompañar en el proceso de duelo.

El suicidio es, ante todo, una muerte silenciada. Los medios de comunicación no escriben sobre ello y generalmente si se hace es para ilustrar sucesos, donde el asesino acaba suicidándose. Pero nunca se habla de este tipo de muerte porque existe un pacto no escrito en las redacciones de periodistas. ¿La razón? Que supuestamente motive otros casos similares.

Últimamente este pacto parece haberse resquebrajado. La crisis económica y la desesperación de quienes se ven obligados a enfrentarse al desahucio de sus viviendas parece haber incrementado las muertes por suicidio, como mínimo en los medios de comunicación.

Estos sucesos remueven las conciencias de una sociedad, que, de manera creciente, dirige su dedo acusador hacia los dirigentes de determinadas entidades bancarias y algunos políticos, que permanecen pasivos e impasibles a la hora de poner fin a las posibles causas que generan dichas situaciones.

Tras el suicido, aparece en los cerebros de los familiares el martilleo constante de la pregunta por qué? Y sobre todo un sentimiento de culpabilidad creciente. De pensar que en algún momento podrían haber detectado algún indicio que hubiera ayudado a sospechar para impedir el triste desenlace, en ocasiones motivado por un trastorno psiquiátrico.

Porque una de las cosas más importantes que aprendí de mi encuentro con Cecília Borràs fue que en el suicidio no existen responsables ni culpables, ni respuestas ni explicaciones. Sólo víctimas y supervivientes. 

domingo, 27 de enero de 2013

Como ir en bicicleta

Finalizo el mes de enero acelerado, con jornadas larguísimas en las que he intentado compaginar como he podido mi trabajo con mi dedicación temporal como cuidador. En los últimos quince días, después de muchos años alejado del ámbito de enfermero asistencial, de golpe y porrazo me he convertido en cuidador principal de una persona muy cercana, que permanece ingresada en un centro hospitalario.

De hoy para mañana, casi sin quererlo -los ingresos habitualmente llegan sin avisar-, he recuperado las habilidades y aptitudes que aprendí durante mi etapa de enfermero al cuidado, primero, de personas con enfermedades crónicas y, después, al lado de personas mayores. Por suerte, son quehaceres que no se olvidan, que quedan grabados, como aquel que aprende a ir en bicicleta y vuelve a ponerse encima de los pedales, en este caso pedales profesionales.

Dar la vuelta a la almohada para mejorar el confort, apretar la mano en una situación de dolor, enseñar a respirar de forma consciente para calmar y recuperar el equilibrio interno, poner cojines para ofrecer a la persona encamada la mejor posición o hacer un masaje para reactivar la circulación. Son cuidados básicos relacionados con el confort, la higiene, la comodidad y la seguridad de la persona que reportan satisfacción no sólo a quien los recibe, sino también a quien los ofrece.

Porque a veces, para quien está encamado y necesita ayuda para desarrollar sus funciones básicas es más de agradecer reposar encima de una sábana estirada o con una espalda cuidada, que evite la aparición de llagas, que tener garantizadas dos tomas de temperatura corporal al día.

La actual situación de recortes sanitarios, pese a las dificultades, no debe ser nunca un impedimento para que los profesionales de la salud y, en este caso, las enfermeras y enfermeros, abandonemos nuestros cuidados, que, al fin y al cabo, son la verdadera esencia de nuestra profesión. Probablemente hay quien lo olvida y prioriza aquellas medidas eminentemente técnicas, como poner una vía, una inyección, cambiar el suero o tomar la tensión arterial, que aunque son importantes para la persona nunca deben enmascarar los cuidados más básicos.

Hace ya más de 25 años, durante mis primeros días de clase en la escuela de enfermería y cuando aún desconocía lo que me depararía la profesión -con sus alegrías y sus sin sabores-, una profesora nos decía, a modo de predicción, que, en el futuro, existiría un aparato que tomaría la tensión arterial, incluso el pulso. Pero que lo que nunca, nunca ningún artilugio ni aparato podría sustituir seria cuidar a una persona. Y yo sigo absolutamente convencido de que seguirá siendo así.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Un fin de semana de solidaridad con sabor agridulce

Este fin de semana me puse la gorra. Fue durante la fiesta que la Asociación de Familiares de Niños Oncológicos de Catalunya (AFANOC), organizó en el Zoo de Barcelona. El acto Posa’t la gorra (Ponte la gorra) con espectáculos y talleres infantiles, pretende poner el acento en el cáncer infantil y sensibilizar sobre el impacto que la enfermedad tiene en los niños, pero también en sus familias. Y con la venta de gorras, símbolo de la normalización y de la necesidad de romper el tabú del cáncer infantil, se recaudaron fondos para financiar La Casa de los Xuklis, que acoge a niños afectados de cáncer que deben recibir un largo tratamiento y que viven lejos de Barcelona.

En mi retina todavía guardo la visita que realicé a la casa hace unos meses, y os puedo asegurar que sigo sin encontrar palabras para describir todo lo vivido y sentido durante la visita. Supongo que ser padre y enfermero también influye, pero encontré sensibilidad, cariño y normalidad entre sus paredes. Y también un enorme entusiasmo entre los profesionales que allí trabajan.

Entusiasmo que este fin de semana se trasladó al Zoo de Barcelona y en el escenario que se montó para la ocasión. Viví dos momentos impactantes. El primero cuando Roque, uno de los protagonistas de la serie Pulseras Rojas del polifacético Albert Espinosa, rodeado de sus compañeros de ficción quiso dedicar la fiesta y su presencia a los “verdaderos niños enfermos”.

Y el segundo cuando dos pequeños enfermos de cáncer leyeron un manifiesto donde destacaban la ayuda y soporte de todas las personas que integran ‘La Casa de los Xuklis’ y donde sobre todo pedían a los responsables políticos y sanitarios que los recortes económicos no afectaran ni los tratamientos, ni el soporte ni la investigación.

La muerte debería ser el final de la vida, el cáncer no. Así ha continuado este fin de semana solidario, con la tradicional ‘Marató’, programa que Televisió de Catalunya (TV3) organiza para buscar financiación para poder desarrollar proyectos de investigación, este año dedicado a los procesos oncológicos. La implicación ciudadana es tan espectacular que ‘La Marató’ no sería posible sin su soporte.

Sin duda, el verdadero protagonismo lo tiene la sociedad civil, y por eso produce cierto sonrojo escuchar determinadas declaraciones de ciertos responsables políticos y sanitarios, que con una mano caliente todavía de recoger llamadas de los ciudadanos para donaciones y con la otra, caliente también de recortar en sanidad, se vanaglorien de la implicación social para financiar proyectos de investigación, un ámbito que antes deberían haber preservado.

Pero me quedo con los centenares de actividades que, pequeños y mayores, de manera individual o colectiva, organizan durante días para aportar su granito de arena. Unos lo hacen desde su vertiente personal y otros desde su esfera profesional.

Ese es el caso de Edel Balboa, concejal de salud en el Ayuntamiento de Sant Quirze del Vallès, municipio de unos 19.000 habitantes, que ha sabido conjugar su visión política y enfermera para ofrecer una iniciativa audiovisual que combina letra y música para ofrecer un mensaje de fuerza, esperanza y optimismo a las personas con cáncer.

Sin duda este ha sido un fin de semana de solidaridad, pero, para mí, con sabor agridulce. Año tras año se incrementa la participación económica de los ciudadanos en este tipo de acciones, lo que debería remover las conciencias de algunos, especialmente ahora en tiempo de crisis. ¿La esperanza de algunos debe depender, en buena parte, de la voluntariedad de otros, cuando somos todos los que pagamos con nuestros impuestos algo que denominamos Estado del Bienestar? 

domingo, 28 de octubre de 2012

“¿Por qué no me dejaron despedir de papá?”


Hace más de un año, cuando empecé a poner mi foco de atención en el acompañamiento de las familias que han perdido a un ser querido, me explicaron una historia impactante, que desde entonces no me he podido quitar de la cabeza. Situemos el caso.

Una maestra, con más de 40 años de experiencia, me explica el caso de un alumno de su colegio, de 7 años de edad, a quien se le había muerto su padre. El dolor fue intensísimo y especialmente el dolor de una madre que no sabía cómo gestionar el tema ni tampoco cómo afrontar los sentimientos de su hijo.

La mujer no sabía qué hacer y aunque durante el proceso de enfermedad de su esposo el niño conocía la situación, nunca lo habló abiertamente con él. Llegó el momento de la agonía y las dudas proseguían, por lo que la madre fue a hablar con la maestra del niño y ambas acordaron –seguramente ante la falta de habilidades- abordar el asunto tras la muerte del padre. Y dejaron al niño al margen.  

Fueron pasando los días hasta que el padre murió, sin poderse despedir del hijo ni el niño de él, y llegó el momento de velarlo y de enterrarlo. Y el niño no supo la noticia hasta días después. 
Desconozco cómo acabó la historia ni cómo reaccionó el niño en el momento de conocer la muerte del padre. ¿Hubo rabia, tristeza, desilusión o simplemente compasión por un hecho que nadie le había explicado pero que conocía?

Explico un caso real, un poco límite, pero que me ha venido a la cabeza en otras situaciones, mucho más comunes. ¿Cómo reaccionamos ante nuestros hijos cuando hay un abuelo, una abuela u otro familiar que está pasando por un proceso de larga enfermedad que muy probablemente le conducirá hasta la muerte? ¿Se lo explicamos? ¿Les hacemos partícipes de la situación, teniendo en cuenta su edad? ¿O simplemente hacemos ver que la situación no existe y disimulamos nuestro dolor?

Si a nivel social todavía hay mucho camino para recorrer en cuanto a la cultura del duelo, en el ámbito educativo también hay un buen trecho para andar. Lo ponía de manifiesto ya hace tiempo una educadora de una granja escuela en una carta al director que le publicaron en La Vanguardia y en el que explicaba el caso de una niña a la que se le había muerto un familiar.

“Me di cuenta que lo primero que teníamos que hacer era aceptar su dolor y debíamos tenerlo presente y respetarlo porque era suyo y de nadie más. Y yo no tenía derecho de sacárselo ni escondérselo y aún menos de hacérselo desaparecer, distrayéndola, haciendo 10.000 actividades o sobreprotegiéndola de las trabas diarias para evitar más padecimientos. No, cuando tienes un dolor profundo no lo puedes distraer, aunque seas una criatura”.

En pleno siglo XXI, existen muchos recursos, tanto en formato digital como en librerías especializadas, que los padres y los educadores pueden utilizar para acompañar a los más pequeños en el dolor que supone la pérdida de un amigo o familiar. Y que, a la vez, nos pueden ayudar a los adultos a destapar el miedo y el tabú de la muerte, que por cuestiones sociales, históricas y religiosas, todavía perdura. 

sábado, 6 de octubre de 2012

¿Venganza hasta la muerte?


Yo no soy de los que acostumbran a leer las necrológicas de los periódicos, aunque es un hábito que comparten algunos lectores, especialmente los de más edad. Seguramente por dos motivos: el primero es porque, llegados a cierta edad, los protagonistas de las esquelas llegan a ser coetáneos y el segundo porque en su primera juventud, las necrológicas tenían un papel preponderante en los diarios, ya que llegaban a ocupar la portada.

Hace pocos días y a través de las redes sociales me encontré ante una esquela que no pude dejar de leer. Se trata de la necrológica de Soledad Hernández Rodríguez, que falleció el pasado 2 de septiembre a los 78 años de edad, y que a primera vista no parecía distinta a las que aparecen habitualmente en los diarios.

Mi sorpresa vino al leer el texto final, redactado en vida por la protagonista, y que decía: “Quiso en sus últimos momentos de vida dejar encargada la publicación de esta esquela para manifestar su perdón a los familiares que le abandonaron cuando más les necesitó, sus hermanos Juan Hernández Rodríguez y Manuel Hernández Rodríguez, y su hija María Soledad García Hernández, por su absoluta falta de cariño y apoyo durante su larga y penosa enfermedad”.

Ante un caso así y de manera prácticamente refleja, todos –ciudadanos y profesionales del ámbito social y de la salud- solemos ponernos del lado de la persona mayor, ya que priorizamos su fragilidad y debilidad ante un supuesto episodio de abandono o soledad. Esto es lo que me sucedió, inicialmente, cuando leí la citada necrológica.

Sin embargo, considero que, ante una situación de estas características, debemos formularnos una serie de cuestiones: ¿Qué aspectos de la historia de vida de esta persona han prevalecido para tomar la decisión de publicar una esquela así? ¿Qué ha pasado a lo largo de la vida de esta mujer, de sus hermanos, de su hija? ¿Cómo se sintieron ellos? ¿Cuál fue el trato que esta señora tuvo con sus familiares?

Son múltiples las preguntas que los profesionales del ámbito social y de la salud debemos hacernos ante muchas de las situaciones de soledad que nos encontramos en las personas mayores. Nuestro rol de acompañamiento debe ir encaminado a amortiguar al máximo estas situaciones de soledad, sin que ello nos obligue a posicionarnos ni mucho menos a juzgar a la persona mayor ni a sus familiares.