jueves, 31 de marzo de 2016

La sonrisa de Bet

A veces de situaciones trágicas, dramáticas y profundamente injustas salen iniciativas que conmueven, que agitan conciencias, que remueven por dentro. Durante muchos meses he tenido encima de mi mesa de estudio el recordatorio de una chica joven, a quien no conocí, pero si parte de mi familia. 

Se llamaba Bet y murió el pasado 20 de octubre, fruto de una complicación en el embarazo. Ante la urgencia se le practicó una cesárea y su hijo Martí se salvó, pero no ocurrió lo mismo con ella.

Sus padres, hermanos y su marido intentarán, seguro, transmitir al pequeño Martí quien era su madre, pero está claro que la historia de Bet la forman todos aquellos que la conocieron, algunos más y algunos menos, y que durante sus más de 30 años de vida, estuvieron a su lado.

Para intentar que el pequeño conozca de verdad quien era su madre, ahora su familia, su tribu, tal y como se autodenominan ellos, han montado una iniciativa para pedir a todos aquellos que la conocieron que escriban a través de textos, vídeos, fotos particulares quien era Bet, su sonrisa, algo característico de ella, y cómo se hacía querer. Y para ello han creado una cuenta de correo dónde poder hacer llegar todos los recuerdos.

No conocí a Bet, pero cuando me enteré de la iniciativa me pareció algo hermoso, algo único. Un proyecto auténtico, íntimo y particular de recuperar la memoria de una persona que ya no está entre nosotros. Y de cómo fruto de un episodio desgarrador nació una idea tan bella, que prolongará, seguro que sí, la presencia de algún modo u otro, de quien fue también una de las integrantes de esta pequeña tribu.

En nombre de la familia de Bet Giró, os rogamos que todas las personas que tengáis alguna historia para explicar sobre vuestro vínculo con ella, por más breve que sea, escribid al correo sonrisadebet@gmail.com. Toda la tribu os lo agradecerá. No dejéis de hacerlo, por favor. 


domingo, 28 de febrero de 2016

Los becarios de la experiencia

Más de la mitad de la población activa en España ya tiene entre 40 y 65 años, por lo que las plantillas de las empresas están siendo cada vez más maduras. ¿Pero qué hacen las organizaciones con ello? ¿Se han adaptado? ¿Han aprendido a valorar los conocimientos de estos trabajadores o sólo se ciñen a poner en valor las habilidades que aportan trabajadores más jóvenes?

Recientemente se ha publicado un estudio, realizado por IRCO –centro de investigación del IESE- que analiza cómo gestionar personas en una sociedad madura. Sus conclusiones son varias pero apuntan a la necesidad de poner en marcha políticas para promover estilos de dirección en las empresas sensibles a esta realidad, que promuevan el talento y no valorar por la edad sino por lo que son y pueden aportar como personas.

El estudio arroja además otros datos que nos invitan a la reflexión. Uno de cada 20 trabajadores afirma haber sido discriminado en su empresa por razón de edad. La realidad es que la clave es buscar el equilibrio entre las habilidades tecnológicas, que aportan los trabajadores de menos edad, y las habilidades sociales, de conocimiento y de experiencia, que aportan los que tienen más años.

Pero, ¿quién empieza a ponerse manos en la obra? Promover el intercambio generacional y potenciar el trabajo en equipo entre trabajadores júniores y séniores es una oportunidad y valorar adecuadamente la aportación de los trabajadores de más de 50, evitando miradas cortoplacistas que empujan a los despidos son algunas de las líneas a seguir.

¿Y qué pasa con la aportación de la experiencia laboral que se ha adquirido a lo largo de la vida, cuando la persona ya entra en la etapa de jubilación? Pensaba en ello ayer, mientras miraba la película El becario, un filme protagonizado por Roberto de Niro y Anne Hathaway, en el que él da vida a un hombre de 70 años, en buena posición económica, viudo y que goza de un excelente envejecimiento saludable que acepta ser un becario sénior.

Aunque llena de tópicos, el filme acaba dando una gran lección y es el valor no sólo de las personas mayores a la hora de interaccionar con los problemas de siempre que tienen los más jóvenes –dudas, incomprensión, miedo al vacío, angustia de perder el control de su vida por culpa del trabajo- sino de aportar conocimientos para conseguir salvar el futuro de una empresa, aunque sea sin tener ni idea de cómo funciona un correo ni un perfil de Facebook. 

jueves, 7 de enero de 2016

¿Año nuevo, vida nueva, o no?

La vida tiene estas cosas. A veces la salud se pierde y de golpe y porrazo te encuentras en Nochebuena, corriendo y casi sin aliento, en las puertas de urgencias con un familiar muy próximo que ha sufrido un ataque de corazón en medio de la calle. Estas Navidades a nuestra familia nos tocó la lotería, pero no en forma de dinero, sino de salud.

Aunque la suerte nos llegó también para recordarnos, esta vez muy de cerca, que mantener unos buenos hábitos saludables –ya sabéis, no fumar, no tomar alcohol, hacer ejercicio y mantener una dieta equilibrada libre de grasas y de bollos- es fundamental para evitar este tipo de episodios. En fin, también lo es quedar libre de ciertas preocupaciones, pero esto es harina de otro costal.

Cuando a alguien cercano le ocurre algo así, recibimos todo un toque de atención. Y yo, me digo: comeré más sano, haré un poco de deporte, reduciré la copita de vino de los fines de semana, y evitaré casi todas las dosis de café y los dulces, que tanto me gustan.

A todos nos pasa, aunque no hayamos vivido episodios cercanos de pérdida de salud. Muchos estrenamos el nuevo año con la idea de hacer un borrón y cuenta nueva: cuidarnos más, intentar tomarnos la vida con más calma y centrarnos, un poco más, en nosotros mismos.

Reconozcámoslo. ¿Y sino de qué todas las promociones de matrículas reducidas que estos días recibimos para apuntarnos al gimnasio o al centro de yoga próximo a casa? Hasta las compañías dedicadas al bienestar y a promover el ejercicio físico saben que ahora es momento de captar nuevos socios, pero que muchos de ellos seguirán pagando pero abandonando.

Y es que tristemente, van pasando los días y las antiguas y nuevas preocupaciones nos nublan otra vez la mente para acabar abandonando, poco a poco, nuestros propósitos. ¿Qué pasa que nuestro cerebro tiene esta amnesia tan selectiva? ¡Se admiten apuestas! 

martes, 24 de noviembre de 2015

Cuando se huele la muerte

A propósito de Truman

¿Cambiaste de acera el día que viste a alguien que estaba enfermo de cáncer? ¿Pasaste de largo el día que supiste que un allegado o conocido acaba de perder a su pareja o que, simplemente, le quedaba poco de vida? Seguro que alguno de nosotros nos pasó porque, en algún momento, por falta de valentía, no quisimos, no pudimos, no supimos hacerlo de otra manera.

Pensaba en ello hoy saliendo del cine y a propósito de Truman, la película de Cesc Gay, protagonizada por los enormes actores que son Ricardo Darín y Javier Cámara, dos amigos de juventud que vuelven a reencontrarse después de un tiempo de no verse debido a la distancia: uno vive en Madrid y otro en Canadá.

En un momento de la historia, puede que uno de los que más me conmovió, Julián, el personaje protagonizado por Darín, al darse cuenta que un compañero finge no haberlo visto, simplemente afirma: “No me quiso saludar porque huele la muerte”.

Unos minutos más tarde, prácticamente la misma escena, pero en otro restaurante, el mismo hombre, acompañado de Tomás (Javier Cámara), se reencuentra con otro amigo, esta vez alguien a quien un día engañó y traicionó. Y entonces los papeles se invierten. Julián trata de esconderse, mientras que el otro, ante su sorpresa, le da una gran lección: le saluda afectuosamente, da la cara y le confiesa que lo siente, que le sabe mal que esté pasando por esta mala situación.

Reflexionaba sentado en mi butaca ante la gran pantalla y me preguntaba: ¿Nos cuesta todavía hablar de la muerte? ¿Nos cuesta mirar de frente a aquel amigo que sabemos que no le queda mucho tiempo? ¿Evitamos hablar de cómo queremos morir? ¿Nos da miedo?

Puede que a algunos, un poco. Porque unos minutos después de esta escena del filme, muy recomendable por cierto, una pareja de mediana edad, se levantó de su asiento, cogieron los abrigos, y el bolso, ella, y simplemente se largaron de la sala. Puede que para ellos, sí, la muerte siga siendo un tabú. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

¡Claro que mañana vuelves al trabajo!

¡Mañana vuelves al trabajo! Esto está clarísimo. ¿Tú que te crees? – me advirtió mi padre cuando le dije que no volvería el día siguiente a mi primera suplencia de fines de semana, entonces como auxiliar enfermero en el Instituto Guttmann de Barcelona. Y a primera hora de la mañana de aquel domingo, mi padre me acompañó hasta la puerta del trabajo para asegurarse de que cumplía con mi obligación.

El primer día en el centro, en el que tuve que hacer cambios posturales, dar de comer y ayudar a los pacientes ingresados, muchos de ellos jóvenes de mi misma edad tetrapléjicos, parapléjicos, de nacimiento o que habían sufrido accidentes de tráfico recientes, me impactó tan dolorosamente que al salir tuve claro que no volvía, que aquello no estaba hecho para mí.

Pero continué en el Instituto Guttmann, supongo que inicialmente obligado por mis padres, a quien seguramente al final les debo haber descubierto mi primera vocación como enfermero. Con los años me convertí en enfermero especialista en geriatría y acabé por ver que lo que más me gustaba era el contacto con personas mayores, en ocasiones dependientes, y acompañar, de esta manera, a uno de los colectivos más frágiles y vulnerables. 

Durante aquellos meses hice de todo: cambiar la postura de los ingresados, ayudarles a comer, a hacer sus necesidades, limpiarlos, acompañarlos, escucharles. También aprendí mucho de ellos, de sus experiencias y de sus historias, algunas de ellas muy duras. Y al final, con el tiempo, aquella experiencia se fue desdibujando en mi mente. Guttmann se quedó en mi memoria como mi primera experiencia profesional, pero poco más. Hasta hace una semana.

El pasado martes, con motivo de mi trabajo, me reuní con Jordi, un periodista de una televisión de Terrassa, que me entrevistó hace unos meses para su programa dedicado a las personas mayores. Él es el responsable y también presentador del espacio semanal y utiliza una silla de ruedas eléctrica, que le ayuda a desenvolverse con una sorprendente autonomía.

Al finalizar nuestra reunión, ya no recuerdo en qué momento, me comentó que él había estado ingresado en Guttmann a finales de la década de los años 80. Sorprendentemente su estancia coincidía con mi etapa profesional y, entonces, recordamos juntos nombres de médicos, enfermeras, auxiliares y pacientes con quienes habíamos convivido en aquellos días.  Y aunque inicialmente no recordaba su caso, en el camino de vuelta a casa se me fue proyectando en mi mente la imagen de un joven delgado, postrado en la cama.

Nunca llegaré a saber si era exactamente él y si coincidía con aquel recuerdo, pero me impactó encontrarme al cabo de casi 30 años con un paciente que con toda seguridad yo había cuidado como principiante. Pensaba en ello estos días, a raíz también de la participación de una enfermera de Estados Unidos, que aprovechó su candidatura en un concurso de belleza para explicar una experiencia parecida y dar a conocer, de paso, el valor de nuestra profesión.

Porque el primer paciente, la primera persona a quien cuidas y muere, aquellos que al final te hacen descubrir tu vocación y a quienes redescubres un día que han ganado, en parte, su batalla particular, te acaban marcando para siempre. 

jueves, 20 de agosto de 2015

De cuándo recibíamos postales en verano


Este año he vuelto a veranear como antaño, como cuando era pequeño y pasaba las semanas en Altea, el viejo pueblo alicantino de casas blancas de donde es originario mi padre. Pero he cambiado la angostas subidas y bajadas de aquel rincón, los campos de naranjos sus piedras de playa por la primera línea de la costa del Maresme, en un paseo singular, de ambiente familiar y lejos de aglomeraciones.

Han pasado los años pero algunas imágenes quedan allí, para siempre. Como la del portal de esta casa de amplios ventanales, situada en la riera de Caldes d’Estrac, Caldetes para todos, que reserva para el cartero un espacio central para meter allí las cartas. Pensaba yo en ello cuando esta mañana, vestido en pantalones cortos y camiseta y cuando el pueblo todavía no se había levantado de todo, venía de comprar el pan.

Seguramente ahora, esta ranura central del portal, donde todavía se pueden leer grabadas en plata la palabra Cartas, sólo engulle recibos de la luz, del agua, del gas y propaganda de pizzas, de ofertas de supermercado y de algún que otro boletín en papel de ámbito local, que todavía se reparte gratuitamente.

Lejos queda la época de las cartas y de las postales de verano. Cuando era niño recibir una postal, de algún familiar o amigo de colegio, era todo un premio, pero hacerse con una carta era un regalazo. Recuerdo que esperaba con ansia la llegada de la cartera, que en ocasiones, al llegar a nuestro portal, como no teníamos ranura ni buzón, nos dejaba los mensajes en el suelo.

Entonces ni siquiera en sueños concebíamos que, algún día, tendríamos una red llamada Internet que nos conectaría entre todos en menos de un segundo.

No había posibilidades de participación, ni rankings de ‘me gustas’ ni de índices de interacciones ni niveles de influencia, pero quien recibía una postal sabía que aquel que lo había enviado había tomado su tiempo para pensar en ello, escoger la imagen más adecuada, comprarla, pensar un texto, adaptarlo en el peor de los casos, adquirir un sello, buscar la dirección de destino, pegar el sello de sabor amargo y finalmente introducirla en el buzón.

Eran tiempos de comunicación 1.0, funesta en estos tiempos, pero seguramente también eran épocas puede que de comunicación más sincera, reservada sólo para aquellos que dábamos valor al tiempo y a la espera, que, entonces, éramos prácticamente todos. 

lunes, 15 de junio de 2015

¿Qué entiendes tú por maltrato a una persona mayor?

“Para mí maltrato es hacer sufrir mucho a una persona mayor”. “Para mí no tener en cuenta su opinión”. “Yo creo que es tratarla como si fuera una niña, creyendo que llegada a una edad, su cerebro es como el de una persona de cuatro años”. “Maltratar a una persona mayor es abandonarla. Algunos familiares lo hacen cuando llega el verano, en ocasiones en los servicios de urgencia de los hospitales”.

Éstas son algunas de las afirmaciones de personas cercanas con los que estos días he hablado sobre el maltrato a personas mayores, a raíz del reciente estudio de la Asociación para la Investigación del Maltrato a las Personas Mayores (EIMA) que indica que un 26% de los encuestados conoce algún caso de maltrato a una persona mayor. La mayoría son abusos psicológicos y económicos.

El estudio, promovido por Grupo Mémora y presentado en el marco de FiraGran, el Salón de las Personas Mayores de Catalunya, se realizó a partir de 423 entrevistas a personas mayores de 18 años de edad del distrito barcelonés de Nou Barris y de la ciudad de L’Hospitalet de Llobregat.

¿Qué es lo más preocupante? Aunque las cifras de percepción no son alarmantes sí que es sorprendente que los casos de malos tratos a personas mayores estén al orden del día. Porque efectivamente, estos abusos no sólo conciernen a agresiones físicas, sino que van mucho más allá. Muchos de los afectados no denuncian ni lo divulgan por vergüenza o miedo puesto que los malos tratos se producen en su entorno más íntimo y próximo.

La crisis económica se ha cebado con muchas familias, que en algunos casos se han visto obligadas a echar mano de las reducidas pensiones de sus mayores, a sacarlos de las residencias geriátricas por no poder pagar las tarifas y a volver con los hijos a casa de los abuelos. Hay mayores que hacen esfuerzos astronómicos para dar de comer a hijos y nietos con sus ingresos económicos y que se han visto obligados a acoger a sus familiares trastocando por completo su vida cotidiana.

Muchos de estos abuelos se han visto obligados a convertirse, de manera perpetúa y obligada, en aquellos abuelos esclavos, que mañana, día y noche están a disposición de sus nietos para cuidar de ellos y cubrir cualquier necesidad, como si se tratara de sus progenitores directos.
¿Son estos episodios una puerta abierta a la posibilidad que se incrementen los casos de abuso? Sinceramente creo que sí.

Pero para mí los abusos no acaban aquí. Las circunstancias económicas y los recortes han obligado a la administración a dar el tijeretazo para reducir al máximo la financiación de ciertos medicamentos y las aportaciones a la Ley de Dependencia, por no hablar de los irrisorios incrementos de las pensiones -3 euros mensuales en el caso de mi madre este 2015-.

¿Cuál es el antídoto a todo ello? Posiblemente la sensibilización y como siempre las bases de la educación, pero para afrontar el actual escenario, una de las grandes medidas de choque es la conciencia individual. ¿Nos gustaría que nos trataran así? Si todos estamos aquí es gracias a nuestros abuelos y a los abuelos de nuestros abuelos.