martes, 28 de agosto de 2012

Abordar la muerte en televisión: la valentía de Pulseras Rojas


El capítulo diez de la serie Pulseras Rojas, que este verano está arrasando en la parrilla televisiva, ha abordado, de manera directa y sin tapujos, el duelo, la muerte y las pérdidas, y lo ha hecho especialmente para dirigirse al público adolescente, principal seguidor de esta historia contada por el polifacético guionista Albert Espinosa.

Pulseras Rojas relata, en el capítulo Dividir la vida para que se multiplique, las vivencias y los sentimientos del grupo de adolescentes protagonista –todos ellos ingresados en un centro hospitalario por enfermedades de larga evolución- ante las pérdidas de dos de sus componentes, especialmente de Ignasi, que no logra superar una intervención quirúrgica, y los procesos de duelo que inician en ese mismo momento.

Esta historia sirve de excusa perfecta para abordar las fases del duelo, con inteligencia, claridad y de forma comprensible y para todos los públicos, más allá de la edad, profesión o historia de vida.

La valentía de este capítulo va más allá, pues acierta al plantear el proceso de duelo no sólo ante la pérdida por la muerte de un amigo, sino también fruto de la separación de un compañero de habitación, que recibe el alta hospitalaria. Durante la vida nos enfrentamos a múltiples procesos de duelo porque son múltiples las pérdidas que acumulamos: la separación de un amigo, un divorcio, la muerte de nuestros allegados, una pérdida del trabajo, el cambio de ciudad, barrio o piso…

Albert Espinosa pone sobre la palestra un tema que todavía es un tabú y lo hace a través de una serie líder de audiencia, que en Catalunya, donde se emitió hace más de un año en su versión original, logró convertirse en un fenómeno mediático entre los adolescentes, dentro y fuera de las pantallas.

¿Quién dijo que tratar temas como la muerte, las pérdidas o el proceso de duelo, que al fin y al cabo forman parte de nuestras vidas, no interesa al gran público ni tampoco a los más jóvenes? Pulseras Rojas ha demostrado que no es así y que se puede abrir este tipo de debates con productos frescos, modernos y que rompan moldes.  

martes, 17 de julio de 2012

Las ceremonias laicas de despedida, una realidad por descubrir


Pocas veces acostumbramos a entrar en los cementerios, salvo en los entierros o cuando las guías de viajes nos descubren que en alguna ciudad que hemos escogido para pasar algunos días de visita turística hay un recinto único. Esto es lo que hice a finales de junio, durante una estancia en París, ciudad que visité con algunos allegados. Pasear por las calles de una ciudad de tumbas ayuda a abrir ciertos debates, que en ocasiones, son difíciles de abordar.

¿Cómo nos gustaría ser enterrados? ¿Cómo desearías que fuera tu despedida? ¿Cómo te gustaría ser recordado? Son preguntas difíciles y puede que un poco tétricas, pero es una realidad que forma parte de nuestra propia vida.

Cuando ya llevábamos un trecho recorrido por el cementerio y enfrascados en intentar responder a algunas de estas cuestiones, una de las personas que me acompañaba confesó que cuando muriese desearía “una ceremonia espiritual”, en la que el lado más humano y personal tome todo el protagonismo. ¿Pero existe esta posibilidad?, me preguntó.

Precisamente, el pasado 28 de junio, Serveis Funeraris de Barcelona y Grupo Mémora ofrecieron en el oratorio del tanatorio de Les Corts de la capital catalana el II Memorial laico, una iniciativa pionera en toda España, en la que a través de un acto cercano, íntimo y entrañable, se hizo un reconocimiento colectivo a todas aquellas personas que nos dejaron el año pasado y en las que sus familiares y amigos escogieron como ritual de despedida una ceremonia laica.

El hilo conductor de este tipo de ceremonias es la estima hacia la persona que ha muerto. La música, la lectura de escritos, de poemas o los montajes audiovisuales son, en ocasiones, recursos que nos ayudan a construir actos rituales alternativos a los tradicionales, históricamente vinculados a una creencia religiosa.

Escoger esta opción posibilita hacer un acto más participativo y de vivencia colectiva, donde la inexistencia de guiones prestablecidos facilita la espontaneidad en la demostración de los sentimientos. El rito toma todo su sentido, pues se convierte en un espacio de elaboración del duelo individual y grupal, una ocasión para vivir los sentimientos de dolor o tristeza, no para revolcarse gratuitamente en ellos, sino para iniciar o continuar un correcto proceso de duelo.

Al finalizar el acto, en el que nietos y abuelos, padres e hijos, hermanos y hermanas tomaron parte activa de la ceremonia, me sorprendió comprobar cómo varios asistentes se dirigieron a algunos profesionales que habitualmente conducen las ceremonias laicas para transmitirles hasta qué punto habían quedado grabadas en su memoria las palabras y gestos que en su día dedicaron a sus seres queridos.

Constaté así la huella imborrable que deja este tipo de ceremonias en la retina de quienes la viven. Porque como ya decía el filósofo y escritor Cicerón, “la vida de los muertos consiste en hallarse presentes en el espíritu y en la vida de los vivos”. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Un bocadillito de jamón y una cervecita


Mi madre, que ya tiene 76 años, todos los sábados por la noche se concede su capricho semanal: comerse un “bocadillito de jamón con una cervecita”, como ella misma explica. Seguramente podría pensarse que esta actitud no forma parte de un hábito de alimentación saludable y que ello contraviene algunos de los parámetros que determinados profesionales de la salud recomendarían a una persona de su edad y condición física.

La Organización Mundial de la Salud define, en la década de los años 50, la salud como “el completo estado de bienestar físico, psíquico y social y no solamente la ausencia de enfermedades”. Evidentemente todos los hábitos saludables deben conducirnos hacia el bienestar físico, pero hay situaciones en la vida de las personas en las que hay que saltarse las reglas marcadas, pues ello aporta un bienestar psíquico, que puede llegar a resultar igual o más placentero.

Ésta es una de las reflexiones personales que me hice después de ver la película Arrugas, basada en el cómic del premiado Paco Roca, que hace ya algunos meses se pudo ver en las pantallas y que fue el eje de un coloquio en el que participé el pasado mes de mayo en el marco de la celebración de FiraGran 2012, un encuentro dedicado a las personas mayores que se celebró en L’Hospitalet de Llobregat, coincidiendo con el Año Europeo del Envejecimiento Activo.

La película Arrugas narra la amistad entre Emilio y Miguel, dos personas mayores que viven en una residencia geriátrica. Su manera de enfocar el día a día tiñe de comedia y de ternura su vida en el centro, que es bastante aburrida. Aunque para algunos de sus compañeros la vida ya ha terminado, ellos acaban de empezar una nueva.

Arrugas nos ofrece muchos elementos de debate. ¿Cómo afrontamos la soledad cuando nos hacemos mayores? ¿Cómo podemos mantenernos sanos? ¿Debemos planificar la vejez o nuestros hijos han de decidir por nosotros? ¿La sociedad, la publicidad y los medios de comunicación arrinconan a las personas mayores? ¿Las hacen invisibles?

El film me transmitió dos mensajes interesantes: el primero es que la vejez ofrece oportunidades para cambiar de actitud y la manera de ver las cosas y el segundo es que la amistad, en este caso el vínculo entre los dos protagonistas, es la fuerza que ayuda a hacer este giro.

Un giro que permite constatar que pese a las dificultades que pueden surgir con el paso de los años, hay que enfocar la vejez, aceptando esta situación, pero a la vez viviéndola desde una actitud positiva. Si el cerebro sigue funcionando, hacernos mayores puede ser una buena oportunidad para dedicarnos a aquellas actividades que nos quedaron pendientes.

Ésta es precisamente una de las tesis del libro La hora de la verdad de la escritora Rosa Regàs, que os aconsejo leer. Habla de vejez como “un canto a la vida, que no huye de la proximidad de la muerte, pero que también nos incita y nos da alas a nuestras vocaciones ocultas, las que hemos mantenido escondidas tantos años y que ahora, liberadas y descubiertas, pueden finalmente florecer”. 

domingo, 24 de junio de 2012

Apoyando al duelo 25 años después del atentado de Hipercor



Esta semana se han celebrado los 25 años del atentado de ETA en Hipercor. Aquel 19 de junio de 1987 yo había finalizado mis estudios de enfermería, y junto con mis compañeros de promoción nos encontrábamos de viaje fin de curso. Cuando conocimos la noticia creo que todos los que vivíamos en la ciudad de Barcelona, buscamos una cabina telefónica  para llamar a nuestras familias y asegurarnos que el destino no hubiese hecho que se encontraron en los alrededores. También era un verano en que las ofertas para trabajar como enfermero eran abundantes. Curiosamente, 25 años más tarde, todo ha cambiado mucho: hoy ya no utilizaríamos una cabina telefónica, las ofertas de trabajo entre las enfermeras están, por desgracia, bajo mínimos y eso macabros atentados, por suerte, ya no forman parte de nuestra retina.

Precisamente, esta misma semana he participado como ponente en una mesa redonda con el título “Enfermería civil y de la defensa ante una catástrofe”, organizada por la Dirección de Enfermería del Hospital de Sant Pau en Barcelona y por el Comité Organizador del 8º Congreso Nacional de Enfermería de la Defensa. El encuentro ha reunido a un grupo de enfermeras y enfermeros que hemos tenido la oportunidad de explicar nuestra visión sobre las diferentes actuaciones que, como profesionales, debemos tener en cuenta ante una catástrofe. Debido a mi actual ocupación profesional, he tenido la oportunidad de presentar los procesos de actuación de los servicios funerarios, en la mayoría de ocasiones olvidados a la hora de tratar este tema.

En mi intervención abordé la importancia de actuar de manera inmediata ante el proceso de duelo de los familiares de la victimas. Durante la preparación de mi presentación, tuve la ocasión de escuchar el testimonio sobrecogedor de Jordi Morales, un chico de 32 años que perdió a sus padres en el atentado de Hipercor aquel y que se quedó sólo en la vida, al cuidado de una abuela. Sus palabras sobre como recordaba aquellos días eran duras, pero más aterrador fue escuchar que desde su nacimiento y hasta los siete años, cuando mataron a sus padres, no tenía ningún recuerdo, y que no fue hasta sus 18 años que recibió ayuda psicológica. “Me siento sólo, terriblemente sólo. Tengo buenos amigos ahora, y si no fuese por ellos, no estaría donde estoy ahora”, añadía cuando explicaba su triste relato. Hoy, 25 años más tarde, también ha cambiado el soporte en el duelo a las personas que están pasando la experiencia más dura y triste de la vida: perder a un ser querido.

Los profesionales ponemos al alcance de la sociedad todos nuestros conocimientos, generados por nuestras experiencias personales y profesionales, para superar este proceso. Incluso me atrevo a decir que forma parte de nuestro deber profesional poner a disposición de los familiares todos aquellos recursos, sean públicos o privados, para que puedan iniciar de la manera más rápida posible el abordaje en la atención a su duelo. A su duelo, porque es único e irrepetible para esa persona, y para esa familia.

sábado, 26 de mayo de 2012

Acompañar a las familias en el duelo


¿Acompañar a las familias en la pérdida de un ser querido forma parte de la atención que ofrecen los profesionales de la salud y del ámbito social? He aquí la cuestión. La falta de tiempo, la poca formación, en algunos casos, y también la incomodidad que provoca hablar y afrontar la muerte –aunque sea la de otros- durante la vida son factores que impiden ofrecer el apoyo que las familias requieren en un proceso de duelo.

El duelo no es una enfermedad ni un trastorno, sino que es un proceso que nos afecta ante cualquier pérdida y que tiene implicaciones corporales, conductuales, emocionales, mentales, espirituales y sensoriales. ¿Cuántas personas conocemos que al perder su pareja se han encerrado en si mismos y han perdido contacto con el mundo que les rodeaba o han caído en un estado de tristeza?

La realidad que es que debemos entender que el duelo es un proceso normal, que es dinámico, activo e íntimo. Por encima de todo, cada persona lo vive de una manera única y no comparable con las experiencias que hayan podido tener otros, porque el duelo forma parte de la esencia y de nuestro mundo interior.

Tal y como indica la psicóloga Núria Soler, hay que dar una respuesta individualizada:  “Adaptarse en cada caso es la estrategia adecuada, aceptando con naturalidad la respuesta al dolor de cada persona afectada por la muerte”.

Pese a los obstáculos, lo que siempre pueden hacer los profesionales es adelantarse y poner al alcance de las personas que, de manera inminente, sufrirán la pérdida de un amigo o familiar, todas aquellas herramientas y recursos existentes, ya sean públicos o privados, para poder iniciar, de una manera adecuada, el proceso de duelo.

Estas han sido algunas de las conclusiones del taller “Acompañar a las familias en el duelo” que el pasado 24 de mayo impartí, en nombre del Grupo Mémora, en el marco del X Congreso de la Federación de Residencias y Atención a Mayores (LARES), que se celebró en Zaragoza, con la asistencia de más de 600 profesionales de este ámbito.