domingo, 9 de febrero de 2014

La muerte pone fin a una vida, no a una relación

Cuando busco momentos de relajación y desconexión echo mano de algunas series de televisión que me trasladan mentalmente al escenario donde se desarrollan y me ayudan a ausentarme durante unos minutos de mi realidad. Una de esas series es Mentes criminales, donde más allá de los argumentos y las escenas más o menos escabrosas, me apasiona la frase final que, a modo de corolario, cierra los capítulos.

Hace unos días en una reposición escuché la siguiente frase: “La muerte pone fin a una vida, no a una relación”, y al oírla aproveché rápidamente para anotarla pensando en su utilización posterior en este blog o en las redes sociales.

Consulté el nombre de su autor y comprobé con sorpresa que era Mitch Albom, escritor y periodista norteamericano, el mismo que había escrito el libro “Martes con mi viejo profesor”, que a lo largo de estos últimos años he leído en diversas ocasiones, a partir de la recomendación de un muy buen amigo.

Poco me hubiera imaginado yo que diez días después esta frase ayudaría a introducir las palabras que la familia de un amigo cercano que en los últimos seis meses ha luchado contra un cáncer, que por desgracia no pudo superar, le dedicó en la ceremonia de despedida.

Quienes participaron, leyeron y tocaron sus piezas musicales en aquella ceremonia de adiós que hace una semana reunió a más de 600 personas en el tanatorio de Les Corts de Barcelona fueron escogidos por él, por cierto seguidor de este blog. Cada detalle, cada palabra fueron escrupulosamente planificados por su esposa y su hija menor, interpretando, recordando y siguiendo las instrucciones que él mismo les había trasladado, en el hospital, días antes de pedir la sedación para mitigar el dolor o más bien, mantener su dignidad hasta el fin de su vida.

Pero su coraje a la hora de cerrar el último capítulo de esta vida, como mínimo la de aquí y ahora, fue mucho más allá. Se despidió hasta el infinito de los más allegados, de la familia más íntima, pero también de sus amigos, de quienes le habían acompañado en los últimos meses, y de aquellos que, en un ejercicio de prudencia, quisieron hacerle llegar su apoyo mediante el teléfono o el correo electrónico.

Hasta el final echó mano de su ironía, para ayudar, mitigar y ayudar no sólo en su propio proceso de aceptación de la muerte, sino de los que le han acompañado. Tuvo tiempo de cerrar conversaciones pendientes, mostrar sentimientos, cerrar trámites ante el notario, expresar sus últimas voluntades. ¡Se requiere valor, fuerza y sobretodo tanta madurez para aceptar este camino!

En mis años de experiencia como enfermero he estado muy cerca de la muerte ajena, pero con esta experiencia, que me ha tocado de cerca, he comprobado la importancia que tiene para el entorno más intimo de la persona fallecida haber podido convivir de manera conjunta el proceso del final de su vida desde la proximidad, el respeto, el cariño y el saber hacer.

Estoy plenamente convencido que el camino escogido por él ha ayudado y lo seguirá haciendo, de manera silenciosa y continua, en afrontar la pérdida y realizar de la manera más adecuada el duelo de los seres queridos.

Para mí ha sido una lección de vida, una lección de final de vida, de morir con dignidad, de morir con la convicción que, a pesar del dolor de la situación, a pesar de dolor por la pérdida, el ser humano es ante persona y decide, en muchas ocasiones, poder vivir dignamente hasta el último momento.

“Al final del camino me preguntaran:
¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres”


Post dedicado a Alfons Banda Tarradellas, fallecido el 30 de enero de 2014. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Aproximándonos a la muerte con intelectuales

Nuestra sociedad vive de espaldas a la muerte, la oculta, casi la niega. Y cuando llega el momento la gestiona con prisas como respondiendo a un deseo inconsciente de archivar lo antes posible el triste episodio y al mismo tiempo, deseando que su recuerdo perdure en las generaciones futuras.

Estas son algunas de las reflexiones previas que se incluyen en el prólogo del libro Aproximaciones en torno al mundo de la muerte, presentado esta semana por Grupo Mémora y Servicios Funerarios de Barcelona, en el que 14 intelectuales –periodistas, escritores, filósofos, profesores y catedráticos de distintas disciplinas-, reflexionan sobre el significado de la muerte y el vínculo con la vida.

Aunque muchas veces no nos demos cuenta, la muerte, como capítulo intrínseco de la vida, está presente en nuestro día a día más cotidiano. Este seguramente es el vínculo de todas las reflexiones que se incluyen en este libro, que recoge un ciclo de conferencias que se organizó en Barcelona hace ya algunos años.

¿Cómo mueren los protagonistas en una ópera? ¿Y en el teatro? ¿Y en el cine, y en la música francesa? ¿Cómo fueron los grandes de entierros celebrados en Barcelona? ¿Cómo explotan el eje más turbulento de la muerte los medios de comunicación?

Algunas de estas preguntas encuentran respuestas en este libro, que ha contado con la colaboración de intelectuales como los historiadores Roger Alier y Anna Casanovas, los periodistas Joan Anton Benach, Montserrat Quesada y Lluís Permanyer o el actor Enric Cusí.

Viajamos también en torno a la muerte de la mano del filósofo Francesc Torralba, que en su conferencia realizó una aportación que a mí me parece un poco sorprendente. “Si mueres serenamente es porque tienes la convicción de que la muerte te ha llegado en el momento justo, ni antes ni después”, asegura.

Me impactó revisar estas palabras en el libro. ¿Es que no hay personas de 50 años, a quienes todavía no les toca morir, pero que acaban falleciendo por una enfermedad, que al inicio del proceso afrontaron con rabia, tristeza, negación, pero que finalmente y, de manera admirable, acaban asumiendo su muerte con entereza y serenidad? 

Parece que el epílogo de la vida, que es la muerte, empieza a resquebrajar este gran tabú de nuestra sociedad. O como mínimo libros como este lo intentan. Ahora queda el gran trabajo individual y colectivo de romperlo definitivamente, de una vez por todas. 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Nelson Mandela y los rituales como despedida

Nunca el funeral de un líder había acogido a tantos políticos de talantes distintos y personalidades de posicionamientos históricamente enfrentados. No recuerdo tampoco haber visto tanta emoción entre las personas que hoy se reunían en el estadio Soccer City de Johannesburgo para despedir a Madiba, quien durante los años 90 fue capaz de poner fin al apartheid que imperaba en su país.

Ante nuestros ojos de ciudadanos occidentales, seguramente algunos se han mostrado sorprendidos por las imágenes que nos llegaban a través de las conexiones en directo de los distintos canales de televisión. Miles de surafricanos coreando, cantando y bailando en homenaje y en recuerdo a su líder, a aquel Nelson Mandela, que finalmente condujo a la convivencia entre la población blanca y negra de su país.

¡Qué diferencia entre los rituales de aquí y de allá! En la mayoría de países africanos, especialmente los denominados países de África negra, las ceremonias de despedida no se traducen en expresiones de tristeza y recogimiento interior, algo que sí que marca nuestra tradición, especialmente marcada por la cultura católica.

Marta Rodríguez, una de las periodistas de Barcelona, que ya hace meses que vive en Sudáfrica, ofrecía el pasado viernes una conexión para la cadena televisiva Cuatro y se refería sobre ello en los siguientes términos: “A estas horas los sudafricanos prefieren cantar a llorar”.

Buen resumen para explicar un ritual y una forma de expresión que desde nuestro prisma podría vincularse más bien con la celebración por un exitoso resultado de un partido de fútbol y no por la ceremonia de despedida de un líder político tan estimado.

Al fin y al cabo quienes estos días han salido a las calles de Johannesburgo para dar su último adiós a Nelson Mandela lo han hecho con el ánimo de celebrar su aportación y su particular historia de vida, no su muerte. Definitivamente todavía tenemos mucho que aprender de ellos, aunque nos separen visiones y miradas culturales tan distintas. 

domingo, 17 de noviembre de 2013

“Yo me suicidé”

Se llama Esperanza y proclamó estas palabras, que suenas tan duras, ante el público que asistía a la estrena del documental Supervivientes, dirigido por Itziar Bernaola y Pablo Ferrán. Fue con motivo del Día Internacional del Superviviente a la Muerte por Suicidio, que en Barcelona organizó el pasado 16 de noviembre la Asociación Después delSuicidio, una entidad que agrupa a personas afectadas por esta situación y que pretende romper el tabú de la muerte por suicidio.

Esperanza es una mujer de más de 70 años que ayer por la mañana, pese al viento y la lluvia que caía en Barcelona, decidió asistir al Hospital de Sant Pau para compartir un sentimiento todavía muy íntimo. Y tras iniciarse el debate con los protagonistas del documental, muchos de ellos familiares de personas que se suicidaron, decidió dar un gran paso.

Se levantó de entre las últimas filas de la sala de actos, cogió el micrófono y espetó: “Yo me suicidé”. Quienes estábamos allí, unos todavía impactados por el documental y otros con el dolor visible en el rostro –porque allí había dolor, mucho dolor-, nos quedamos atónitos.

Primero fueron la vivencias de la Guerra civil española, de los aviones que sobrevolaban la ciudad y de las bombas y el sufrimiento de no saber nada del padre y después cuando ya se casó fueron los más de 30 años de malos tratos que recibió de su ya ex marido. “Me tomé más de 200 pastillas porque lo que quería era desaparecer de todo aquello”, explicó.

Pese a que lo intentó no lo consiguió. Porque unos días después abrió los ojos y vio que estaba viva. “Decidí que había dejado de ser aquella Esperanza y que a partir de allí debía aprovechar la oportunidad y convertirme en una nueva Esperanza, más positiva y más abierta a ayudar a todos”, argumentaba.

Y creo que lo ha conseguido, porque ayer estaba entre todos nosotros, con la fuerza de alguien que, de algún modo, se esforzaba en darnos a entender que había elegido volver a nacer, pese a que su ex marido, tras el suicidio, le había advertido que le gustaba la antigua Esperanza, la más sumisa.

Esperanza, que con este paso no hace más que dar todavía más valor a su nombre, tuvo ayer la oportunidad de conocer, a partir del documental Supervivientes, pero también del debate que se celebró después de la emisión, el sufrimiento de los familiares, que lejos de juzgar la decisión de las víctimas, intentaron analizar las claves y los sentimientos que les llevaron a procesar todo aquello.

“He pedido a algunos de mis hijos que me acompañaran hoy en esta reunión, pero finalmente he venido sola. Creo que hoy, cuando vuelva a casa les preguntaré a cada uno de ellos: ¿Qué sentimientos tuviste cuando yo me suicidé? ¿Cuáles fueron vuestros pensamientos? ¿Y ahora?”

Las entidades de apoyo a los supervivientes a la muerte por suicidio consiguieron ayer un nuevo trofeo:  romper una lanza para acabar con el estigma y la vergüenza que todavía rodean estas muertes. Al menos lo consiguieron con esta mujer. Queda mucho trecho por andar, pero ante todo hay mucha esperanza para conseguirlo.

sábado, 21 de septiembre de 2013

¿Desenterrando la teoría de la selección natural con el nuevo copago farmacéutico?

Leo en la prensa que a partir del próximo 1 de octubre, el Ministerio de Sanidad impondrá un copago del 10% para una cincuentena de medicamentos de dispensación especial que se ofrecen en los servicios de las farmacias de los hospitales para enfermos graves que sufren patologías como cáncer, hepatitis o esclerosis múltiple.

Parece que estos políticos, los de aquí y los de allá, no tienen fin. Primero vino el euro por receta en Catalunya, que ha quedado afortunadamente en stand by, después el decreto del Gobierno central que deja patas arriba el sistema sanitario, hasta el momento equitativo y de acceso universal y ahora, por la puerta de atrás y sin ningún tipo de afán de diálogo ni con los profesionales de la salud pero tampoco con el resto de las formaciones políticas se sacan de la manga esta nueva medida, que se ceba con los más débiles.
Parece que con ello recuperen la teoría de la selección natural de Darwin porque no me atrevo ni a pensar en otras selecciones étnicas más contemporáneas. Me pongo en la piel de un enfermo de cáncer y recupero la noticia, firmada por la periodista Celeste López, que ayer se publicó en el diario La Vanguardia. El coste sanitario para una persona que debe combatir esta enfermedad –seguro que todos tenemos a alguien muy cercano que la ha sufrido o que está en ello- se ha triplicado en cuestión de poco tiempo.
Al nuevo copago que impone ahora el Gobierno central, se le suma un incremento reciente en el precio de otros medicamentos que le son necesarios y también la eliminación reciente del catálogo del Sistema Nacional de Salud de fármacos que consumía hasta el momento.
Algunos me acusaran ahora de demagogo pero ante esta medida sólo me viene a la cabeza una imagen, la de las manifestaciones que el Partido Popular, con el apoyo de plataformas a favor de la familia (católica, claro está) organizaba hace algunos años en las calles de Madrid, durante la etapa del Gobierno Zapatero, en contra del aborto. Hablaban de atentado a la vida, de asesinos de niños y no sé de cuantas historias más.
¿Y ahora qué? ¿Ustedes, señores del PP que han empuñado esta nueva resolución ya publicada en el Boletín Oficial del Estado, no atentan ahora con la vida de aquellos que se encuentran en medio de la desgracia de tener que combatir una larga, dolorosa y ahora costosa enfermedad? Todo ello me parece de una soez increíble, en la que me quedo, simplemente, sin palabras. 

viernes, 26 de julio de 2013

La noche en que todos nos sentimos un poco gallegos

Las banderas del ayuntamiento de Ciutadella de Menorca, situado muy cerca del paseo de Es Born, ondean, estos días, a media asta. Nada ni nadie ha quedado impasible ante la tragedia ferroviaria ocurrida en Santiago de Compostela y que ya se ha saldado con 78 muertos y un centenar de heridos.

La noche del 24 de julio, lejos de convertirse en la víspera de la gran fiesta de Galicia, fue seguida con angustia por aquellos que sabían de algún amigo o familiar que viajaba en aquel convoy. Pero para la gran mayoría el tiempo transcurrió pegado al televisor, a la radio y sobre todo al twitter, que cada segundo escupía los últimos acontecimientos, relatados por personas anónimas y periodistas, y daba muestras del sentir colectivo.

Los vecinos de la parroquia de Angrois, localidad por la que transcurría el tren que descarriló, fueron los primeros quienes, alertados por el fuerte estruendo, acudieron a sacar a los muertos y heridos del ferrocarril y bajaron mantas y agua para las víctimas. Los servicios de emergencias tardaron pocos minutos en llegar al lugar de la tragedia y toda Galicia respondió a los llamamientos para donar sangre. Las colas en los centros de transfusión no se hicieron esperar.

Enfermeras, médicos, algunos de ellos en paro, bomberos, preparados para iniciar una huelga que decidieron abandonar, peregrinos acabados de llegar a la plaza del Obradoiro se volcaron para ayudar a las víctimas, acudiendo a los hospitales. En muy pocas horas, los servicios públicos de la sanidad gallega pudieron dar por controlada la situación: traslado de los heridos, organización de un hospital de campaña, centralización de los canales de información y atención a las familias.

La respuesta de otros servicios, en cambio, brilló por su ausencia. Me sorprendió comprobar el menosprecio inicial de determinados canales de televisión por la nula cobertura informativa o por la falta de rapidez a la hora de informar de los acontecimientos. Con toda probabilidad, los recortes de periodistas en las redacciones, especialmente en los centros territoriales, se hicieron notar aquella noche, en la que la información se convertía, más que nunca, en un servicio público, de primera necesidad. Como alguien escribió acertadamente, la noche del 24 de julio, “los periodistas en paro dando cobertura en twitter y las redacciones vacías de periodistas”.

Pero las sorpresas no acabaron aquí. El perfil de twitter de Renfe tardó más de dos horas en actualizar la información e incorporar un tuit en el que daba a conocer el descarrilamiento del tren e incluía un teléfono de información para los familiares de las víctimas. A eso de se le sumó el garrafal error de Moncloa y de su gabinete de prensa, a quien el ‘corta y pega’ del comunicado de pésame le jugó una mala pasada.

Aquella noche, una vez más la sociedad civil se situaba al frente para dar respuesta a una catástrofe. Y se demostró la importancia de fortalecer los servicios públicos, precisamente en una época en la que se están adelgazando a marchas forzadas por los recortes y porque algunos cuestionan su existencia. Muchos profesionales hicieron valer su ética y responsabilidad profesional por encima de cualquier reivindicación laboral, contractual o económica.

Ahora, poco a poco las imágenes de la catástrofe irán desapareciendo de los informativos y especiales de los medios de comunicación. Y llegará lo más duro para los familiares, amigos y compañeros de las víctimas: proseguir con un proceso de duelo ante una muerte traumática e inesperada, en la que en ocasiones, se mezclaran momentos de irritabilidad, sensaciones de desapego con la realidad, o reproducciones mentales del accidente, todo ello propio de un estrés postraumático.

Los homenajes y los ritos de despedida, sean individuales o colectivos, aunque duros, jugarán un papel primordial en la elaboración del duelo. Decir adiós al ser querido, por muy doloroso que sea, ayudará a tomar contacto con la triste realidad y, por consiguiente, empezar a digerirla.

Habrá que enfrentarse con la ausencia del familiar y, en ocasiones, con el silencio de los más allegados. Porque ante el sufrimiento y la muerte, pese a formar parte intrínseca de la vida, tal vez el silencio será una de las respuestas a tantas preguntas sin respuesta. 

domingo, 30 de junio de 2013

Resbalando por la escalera social


Hace pocos días salí de los cines Maldà de Barcelona con una pregunta que me martilleaba el pensamiento. Fui a ver el estreno de Piso compartido, un magnífico documental que, en primera persona, retrata el mundo de las personas sin hogar y su lucha diaria por dejar atrás la calle.

Este documental, producido por De tot arreu gracias a un proyecto de micromecenaje, retrata a un grupo de sin techo que después de su esfuerzo por dejar la calle acceden a un piso donde viven con otras personas en la misma situación. Este piso existe, se llama Llar Ronda y es de la Fundación Mambré, que, desde hace años, trabaja incansablemente a favor de la inclusión social.

“Tener un piso es media vida. Ahora sólo me falta encontrar trabajo”, asegura a los pocos minutos uno de los protagonistas del documental, que junto con el resto de compañeros intenta recuperar la dignidad perdida. “Aquí se respira paz, tranquilidad, algo indispensable para ser feliz”, explica otro.

La realidad es que en este piso compartido, que no se ofrece a los sin techo como una solución perpetua, sinó como una vía puente para ayudar a encaminar sus vidas, conviven realidades distintas.

Quienes viven en el inmueble, el típico piso de pasillos largos, techos altos y puertas dobles del Ensanche barcelonés, no responden a un mismo perfil: algunos llegaron a la calle por culpa de su adicción a las drogas, otros por la muerte de un familiar que ya no les pudo apoyar en su enfermedad mental, otros por abandonar el hogar de los padres y uno de ellos porque simplemente perdió el trabajo y de allí fue resbalando escalón tras escalón.

En fin, que con éste último retrato empezó mi pregunta incansable. La verdad es que llegar hasta allí –vivir en la calle- no es algo escrito y, a veces, uno llega a esta situación, simplemente por, ante un golpe de desgracia o de mala suerte, no contar con una red de amigos y familiares. A veces, los giros de la vida provocan que uno quede solo, que pierda el trabajo y hasta su red de apoyo.

Algunos ‘sin techo’ son muy visibles –duermen en cartones dentro de los cajeros automáticos de las grandes ciudades, encima de los bancos, en los jardines y las plazas públicas y, a veces, nos apartamos de ellos-, pero otros, y me juego lo que queráis, pasan desapercibidos, se sientan a nuestro lado en el metro o en el autobús, y puede que tomen un café en la misma barra del bar, sin que ni tan siquiera sospechemos de su condición.


Con casi toda seguridad visten con corrección y pulcritud, tienen un pasado laboral en su currículum vitae, como el tuyo o como el mío, tuvieron pareja e hijos y en algún caso, hasta piso propio. Y un día, se quedaron sin nada. Y llegados a este punto, allí sigue mi pregunta sin respuesta: ¿Tú y yo, por un traspié que te puede dar la vida, podríamos resbalar de la escalera social y llegar a ser un sin techo?